Cuando iba a la escuela primaria y estudiaba en quinto grado “los cambios en la adolescencia” que, para entonces, no estaba tan lejos de llegar; la profesora siempre hablaba de los sueños húmedos “de nosotros los varones”. Y recuerdo muy bien la imagen de ese libro de Ciencias Naturales del joven durmiendo en sábanas transparentes. Y yo no me podía imaginar mi primer sueño húmedo. Nadie de mis amigos había tenido uno. O al menos, nadie se atrevía a contármelo.
Recuerdo que leía y
releía ese párrafo que decía que los sueños húmedos podían presentarse en la
pubertad. Según mi maestra pronto sería un púber porque cumpliría once años. Y,
bueno, llegaron mis once años, pero nada que aparecía el “sueño húmedo”. Pasó
el tiempo y me olvidé de que le estaba esperando. De vez en cuando en los
coloquios con mis compañeros de salón surgía el tema de la “paja”, cosa que yo
tampoco sabía cómo y volvía a recordar que nada, ya casi cumplía trece años y el “sueño
húmedo” no se dignaba a aparecer.
